domingo, 10 de mayo de 2015

VIVENCIAS DE PEUMO Y DE CODAO

MEMORIAS

DE UN

NIÑO ESCRITAS

POR UN ANCIANO



Eduardo Pino Zapata



Mi madre era de origen campesino, hija de Jeremías Zapata; carpintero y encargado del taller de fundición en el fundo el Codao y recuerdo muy bien el fuelle con el cual avivaban el fuego donde la fragua permitía modelar el hierro y el acero al rojo sobre el yunque donde los golpes de un combo hacían nacer las herramientas: palas, guadañas, picotas, azadones, rastrillos, arados, herraduras y quizás cuantas otras cosas.
En alguna parte leí que esas tierras habían sido parte de la encomienda de doña Inés de Suárez, la compañera de Pedro de Valdivia y después esposa de Rodrigo de Quiroga. Pero los Zapata al parecer eran familia antigua en el valle del río Cachapoal y uno de ellos - Martín Zapata – quien se casó con Isidora San Martín matrimonio del cual había de nacer el abuelo Jeremías, quien a su vez se unió con mi abuelita Mercedes, de la cual conservo un recuerdo borroso. En todo caso eran apellidos de familias antiguas en esa comarca con una larga parentela y en mis recuerdos de niño, atesorados en los días de vacaciones cuando mi madre nos mandaba a veranear al campo conocí a algunos de ellos. Tengo la sensación de que los varones eran escasos y que la parte femenina era de lo mas atractiva. Los hombres se iban a la guerra y a menudo no volvían y después, a las minas donde se ganaba buen dinero pero regresaban con los pulmones hechos pedazos por la silicósis, principalmente los que se iban a las minas de cobre en El Teniente, que recién iniciaban sus faenas.
Por eso cuando me refiero a las guerras, pareciera que no gozaban del entusiasmo patriótico conocido en los libros de historia pues las filas de los regimientos se llenaban con las, levas cuando – así lo contaba mi bisabuela Carmen que murió ¿o vivió? de más de cien años y de ahí para adelante no quiso llevar la cuenta – una vez para la revolución del 91 llegó el tren a la estación y una banda se puso a tocar sus marchas y su música juntando gente cuando por la novedad no se dieron ni cuenta que los tenían rodeados y bayoneta en mano echaron a los hombres al tren y se los llevaron. Se salvaron, eso sí los que andaban en las chacras o cuidando ganado… y desde entonces a los hombres los llevaban escondidos a los cerros y allí los iban a ver las mujeres y les llevaban algo de comer… y se supone que les brindaban otros homenajes como “saludo a la bandera de sus amores” hasta que volvió uno que otro porque el 91 en Concón y Placilla murieron mas chilenos que en toda la guerra del Pacífico.
En cuanto a mi abuelo paterno, Clodomiro Pino, había hecho carrera como ferroviario, terminando como maquinista en el ramal de Pelequén a las Cabras y cuando se jubiló se compró una “quinta” en Peumo, al lado de la cancha de carreras. Era casado con Eudosia Molina, quien era hija de Cornelio Molina y Leocadia Orellana…que “venían de Talca”. Mi otro bisabuelo, el padre de don Cloro, era hijo de Mercedes Pino (hombre) uno de cuyos hijos, el tío Merceditos alcancé a conocer cuando era niño. Allí vivían sus hermanas María, que al decir de muchos era la mas bonita y que se casó con Reinaldo Alvarado el primer dueño de microbuses que hacía el recorrido entre Peumo y Las Cabras y finalmente se fueron a vivir a Santiago donde nacieron dos hijos, los Alvarado Pino, una niña muy agradable la Marujita y un hombre Fernando, que sería contador (cito estos hechos un poco para ver la movilidad social unida al proceso migratorio campo ciudad en el siglo XIX), completando la lista de las tías Carmen, Victoria, Sara, la tía “Tola”(nunca supe como se llamaba).
Mi madre no las quería mucho y de mi abuela –su suegra- decía que era mulata y “cayanúa” es decir, tenía “cayana” signo indiscutible de sus orígenes africanos disimulados por el mestizaje y sumergidos en el mundo de los criollos.
Bueno, para el caso da lo mismo y más que seguro los Pino, Zapata, Lara, Vásquez, Orellana, González y Soto del valle del Cachapoal deben ser algo así como parientes lejanos de nosotros. Entre ellos había de todo. Mi madre tenía tres hermanas: la tía Rosa, la tía Celina- que se hizo monja- la tía Elena y los tíos Julio y Manuel. Este último se fue al norte y allí se perdió su rastro durante los años del plebiscito entre Tacna y Arica, parece, como “activista” chileno en Tacna.
Recuerdo también a la tía Teresa, alta y animosa, una de cuyas hijas –la Fanny- era muy linda y se casó con el “negro” Acevedo – que era el contador de la Facultad de Filosofía y Educación, es decir “hizo su suerte”.
Pareciera que las niñas de esos lugares llamaban la atención y en cuanto a mi madre, a juzgar por una fotografía que guardó por muchos años, era una gordita, carita redonda, muy inteligente  atractiva cuyos encantos enamoró a mi padre un vecino de Peumo; simpático, tentado de la risa y como se decía entonces “Picado de la  Araña”.
Por cierto en la familia hubo algunos mas afortunados que otros y entre estos “otros” estuvieron el tío Cruz y la tía Juana. El primero era una especie de “ajuerino” o trabajador campesino “no obligado” cuyo destino era ir y venir buscando alguna obligación y de quien, cuando murió, sus amigos decían que había quedado virgen pues la única mujer que lo recibió en su casa había sido la viuda de un inquilino que se casó con él para poder seguir disfrutando la casa, el huerto y el cuarto de tierra de beneficio que había tenido su marido y cuando el tío Cruz quiso acudir a ella ilusionado por sus derechos conyugales se quedó con las ganas no mas porque le cerraron las puertas del dormitorio.
Otra de las infortunadas sería la tía Juana, que recorría los caminos y llegaba de vez en cuando a casa de mi abuela para comer, viviendo solo del pan y el cariño que le daban aquellas que la conocían.
Hubo por ahí una hermanita menor que tenía facultades mágicas y adivinatorias y de la cual-dijeron- se había enamorado un nomo o duende y que murió muy jovencita después que se mudaron desde Pichidegua a Peumo para huir del duende que no la dejaba tranquila, especialmente si la visitaba o hacía amistad con alguien joven pues cuando éste la iba a ver se le encabritaba el caballo y si pasaba a la cocina a tomarse un matecito, no alcanzaba ni a probarlo porque se le daba vuelta la tetera, apagaba las brasas y ¡ se acabó la visita!.
Total el cura de Peumo conversó con ella en unas misiones y después e unos exorcismos la familia resolvió mudarse a Peumo pero al llegar allí con todas sus cosas en carreta, y cuando alguien preguntó ¿Dónde quedó la piedra de moler que no la encuentro?.... y una vocecita infantil respondió “¡aquí esta yo la traje!” Era el duendecillo que se había escondido entre las cosas de la mudanza… y bueno, tal como me lo contaron lo cuento.
Total, para que las cosas existan hay que creer en ellas y por entonces todavía quedaban duendes y nomos, y almas en pena o aparecidos pagando alguna manda. Además en los campos del Valle de Cachapoal se contaba que allá por los cerros cerca de Las Cabras había una cueva donde se juntaban las brujas, seguramente herederas del shamanismo premapuche y de una cultura agraria antecesora de lo araucano y me parece recordar que la conocían como “ la cueva de Salamanca”¿Salamanca? ¡Vaya uno a saber porqué! y desde luego nada tenía que ver con la universidad de ese nombre.

En cuanto a mis abuelos, pasaron a ser vecinos cuando cada uno por su cuenta adquirió una “Quinta” al lado de la cancha de carreras -carreras de caballos se entiende,- donde nunca pude ver alguna pero sí recuerdo que allí se hacían las Ramadas del Dieciocho. O sea de las Fiestas Patrias y  entre ellas ¡oh recuerdos de niño! La que más me llamaba la atención seria una de esas donde ardía el patriotismo con cuecas con piano, Arpa, Guitarra y panderetas cuya popularidad sobresaliente parecía surgir de los méritos de unas mozas o niñas de lo más alegres, aunque allí no iba ninguna dama decente, en una actitud discriminatoria que por entonces no acertaba a comprender.

En esa vecindad Los Pino eran vecinos de los Zapata y poco mas allá de la casa señorial de un Sr. Enrique Peña y años más tarde supe que se sumaron los Olea, de humildísimos orígenes y que hicieron fortuna vendiendo Paltas, Naranjas y Limones que llevaban en tren a Santiago.
Pero mi padre no tenía vocación para esas cosas y en cambio le echó el ojo a una de sus vecinitas, la Humbertita, que venía precedida de justa fama de estudiosa, inteligente y atractiva. Había estudiado en la Escuela Pública de Codao donde la señora Sara Ossa ó “misiá” Sara como entonces le decían, llevó como visita a una joven, Miss Mac Colly, quien quedó impresionada con esta niñita de chal y rebozo que tenía tan linda letra, que recitaba tan bien y le dijo a Misia Sara que una personita tan linda y tan valiosa no se podía perder y por eso tomaron la iniciativa de llevarla a dar un examen a la Escuela Normal Santa Teresa, en Santiago.

Eso debió ser por allá por los años 20, cuando se recibió como maestra de Escuela Pública y con sus 16 o 17 años, se fue a trabajar a la Escuela de Almahue, poco mas allá de Pichidegua hacia el sur de Codao, pasado el río Cachapoal y, según me contaba mi tío Miguel- hermano menor de mi padre- mi padre enamorado hacia sus expediciones desde Peumo, caminando por la orilla del río para ver a su adorada vecinita y convencida por estos testimonios que no eran de ningún duende enamorado, terminaron contrayendo matrimonio allá por los años 1925.

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